ATARDECÍA

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De pronto me di cuenta de que llevábamos un largo rato caminando solos. El bosque. Nos alejamos demasiado de la carretera y era importante acabar de bajar la montaña antes de que se fuera la luz del sol, que para entonces era ya escasa.

Íbamos mi esposa, mis hijas y yo por el bosque. Atardecía. Un atardecer frío de finales de otoño. El aire movía las puntas de los pinos. Laura, mi esposa, llevaba en los brazos a la bebé. Un añito. A su lado Malena caminaba mirando el suelo. Cuatro años. Yo, cargando las cosas del día del campo, iba algunos pasos atrás, mirándolas, contemplándolas. Mis tres mujeres. De pronto me di cuenta de que llevábamos un largo rato caminando solos. El bosque. Nos alejamos demasiado de la carretera y era importante acabar de bajar la montaña antes de que se fuera la luz del sol, que para entonces era ya escasa. Se veían tan tranquilas, calladas, satisfechas del día familiar que pasamos juntos. Pobrecitas. Sentí tristeza. Todo se iba a romper. En unas horas, el caos, el llanto histérico, los porqués, los patéticos “¡Papi, no nos dejes!”. Tenía aún la oportunidad de no decir nada, de no hacer nada, dejar que nuestras vidas continuaran su ciclo esperado. Pero entonces el que se rompía era yo.
Conocí a Teresa un par de años antes y la amaba. 12 años menor que yo. Maldita pasión. Estaba yo lleno de ella. Su imagen, su voz, su olor, su risa, su sudor, sus gritos, sus “¡Déjalas o me pierdes!”. Esperé hasta el último instante. Pobrecitas ¿Qué culpa tenían? Ninguna ¿Cómo les iba a causar tanto dolor? En eso venía pensando cuando de pronto me di cuenta de que el silencio en esa parte de la vereda era total. Me detuve. Ellas no se percataron y continuaron adelante.
No sé por qué lo hice. No recuerdo haberlo decidido. Saqué la pistola .22 y disparé. Fue rápido. Supongo que no sufrieron. Primero Laura y la bebé, luego Malena. No recuerdo haber escuchado las detonaciones, sucedieron sin que nadie las oyera, como si el silencio del lugar las hubiera neutralizado. Quedaron tendidas sobre la tierra. Las tres boca abajo, inmóviles. La sangre. No pasó nada más. Me senté en una gran piedra cubierta de liquen, con la pistola en la mano, y las miré mucho tiempo. Poco a poco me fui dando cuenta de lo que hice. La angustia comenzó a comerme la boca del estómago. La culpa. Mi llanto. No sé por qué lo hice.

Renato Gómez Herrera

Renato Gómez Herrera

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Acerca de Innuendo

En este espacio de Telescopio encontrarás historias originales, artículos escritos con mucha pasión sobre literatura, teatro, música, religión, ciencia y mucho más… Porque somos humanos y nada humano nos es ajeno, al igual que Terencio somos teatreros de corazón y por eso le ponemos nuestro toque dramático a todo aquello que escribimos y ello nos ha llevado destacarnos por tener… IRREVERENCIA CON BUEN GUSTO.

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